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La guerra de los semiconductores ya no se libra solo entre empresas: ahora también es geopolítica
TECNOLOGÍA

La guerra de los semiconductores ya no se libra solo entre empresas: ahora también es geopolítica

Estados Unidos quiere reducir su dependencia de la fabricación extranjera de chips, mientras Taiwán, China y otras potencias buscan proteger posiciones estratégicas. En medio de esta disputa hay una tecnología diminuta que sostiene desde los teléfonos hasta la inteligencia artificial y los sistemas militares.

Mr. Nexo

@nexo

10 min lectura

Durante mucho tiempo, la guerra de los semiconductores parecía una pelea entre gigantes tecnológicos.

  • Nvidia contra AMD.

  • Publicidad

    Intel contra TSMC.

  • Samsung contra otros fabricantes.

Cada compañía intentaba producir chips más rápidos, más pequeños y más eficientes que los de sus competidores.

Pero esa época quedó atrás.

Hoy, los semiconductores son mucho más que un negocio multimillonario. Se han convertido en una pieza estratégica de la economía mundial y, sobre todo, en una cuestión de seguridad nacional.

Estados Unidos está intentando recuperar parte de la capacidad de fabricación que perdió durante décadas. China quiere reducir su dependencia de proveedores extranjeros. Taiwán ocupa una posición extraordinariamente importante en la fabricación de chips avanzados. Y Europa, Japón y Corea del Sur también están tratando de fortalecer sus propias cadenas de suministro.

La batalla ya no ocurre únicamente en los laboratorios.

También ocurre en las oficinas de gobierno, en las negociaciones comerciales y en los acuerdos internacionales.

Y detrás de todo hay una pregunta bastante sencilla:

¿Quién tendrá el control de los chips que moverán la economía y la tecnología del futuro?

Un componente diminuto con un poder enorme

Un semiconductor puede parecer poca cosa.

Es una pequeña pieza de silicio que puede encontrarse dentro de un teléfono, una computadora o un automóvil.

Pero sin ellos prácticamente nada de la economía moderna funcionaría.

Los necesitamos para procesadores, memorias, vehículos, equipos médicos, sistemas de comunicaciones, centros de datos y sistemas de inteligencia artificial.

También son fundamentales para la industria militar.

El propio gobierno estadounidense reconoce que los semiconductores son esenciales para sistemas de radar, comunicaciones, guerra electrónica, ciberseguridad y sistemas de orientación y control utilizados en misiles y drones.

Eso explica por qué Washington ha dejado de tratar los chips como una mercancía más.

Ahora los considera parte de la infraestructura estratégica del país.

Estados Unidos perdió terreno

Aquí está uno de los problemas que intenta resolver Washington.

La fabricación de semiconductores se fue desplazando durante décadas hacia Asia.

Las empresas encontraron allí proveedores especializados, enormes capacidades industriales y costos competitivos.

El resultado fue una cadena de producción extremadamente eficiente, pero también bastante concentrada.

Según datos citados por la Casa Blanca, la participación estadounidense en la capacidad mundial de fabricación de obleas de semiconductores cayó del 37% en 1990 al 10% en 2024.

Es una caída enorme.

Y cuando una industria se vuelve tan importante para la economía y la defensa, depender demasiado de otros países puede convertirse en un problema.

Especialmente si esos países se encuentran en el centro de una disputa geopolítica.

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El nombre que aparece una y otra vez: Taiwán

Hablar de semiconductores avanzados obliga a hablar de Taiwán.

La isla alberga una parte fundamental de la capacidad mundial para fabricar los chips más sofisticados.

Allí tiene su sede Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, conocida mundialmente como TSMC.

La compañía fabrica chips para algunos de los nombres más importantes de la industria tecnológica.

Y eso convierte a Taiwán en mucho más que un punto importante del mapa tecnológico.

Lo convierte en una pieza estratégica.

Por eso cualquier tensión alrededor de la isla tiene repercusiones que van mucho más allá de la política asiática.

Una interrupción importante de la fabricación de chips taiwaneses podría afectar a fabricantes de teléfonos, computadoras, automóviles, servidores y sistemas de inteligencia artificial en todo el mundo.

Es una de las razones por las que los semiconductores se han convertido en parte de las conversaciones de seguridad internacional.

China también quiere jugar con sus propias reglas

Mientras Estados Unidos intenta recuperar capacidad industrial, China lleva años intentando reducir su dependencia tecnológica del exterior.

La lógica es bastante clara.

Si una potencia extranjera puede cortar el acceso a determinados chips o tecnologías de fabricación, esa dependencia puede convertirse en una vulnerabilidad.

Por eso Beijing ha invertido enormes cantidades de dinero en desarrollar su propia industria de semiconductores.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China también ha incluido restricciones relacionadas con chips avanzados y equipos utilizados para fabricarlos.

La pelea no consiste simplemente en quién vende más procesadores.

Se trata de quién puede fabricar los chips más avanzados y, todavía más importante, quién controla las máquinas, materiales y conocimientos necesarios para producirlos.

Washington también está usando los aranceles como arma

Estados Unidos ha comenzado a utilizar una herramienta bastante conocida para intentar modificar esta situación: los aranceles.

En enero de 2026, la Casa Blanca estableció un arancel del 25% para determinados chips avanzados de computación y productos derivados, aunque existen excepciones para usos específicos, entre ellos determinados proyectos de infraestructura tecnológica dentro de Estados Unidos.

La medida forma parte de un plan más amplio.

La administración estadounidense ha planteado una primera fase con tarifas específicas y una segunda etapa que podría incluir aranceles más amplios sobre semiconductores.

El objetivo declarado es reducir la dependencia de las importaciones y estimular la fabricación dentro del país.

La idea es sencilla:

si fabricar fuera resulta más caro, producir dentro de Estados Unidos puede volverse más atractivo.

Pero eso también tiene un costo.

Fabricar chips en casa no es tan fácil

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Una de las razones por las que la producción se concentró en Asia es que fabricar semiconductores avanzados requiere una infraestructura extraordinariamente compleja.

No basta con construir una fábrica y contratar trabajadores.

Se necesitan equipos especializados, materiales extremadamente puros, ingenieros altamente capacitados y años de experiencia.

Además, las fábricas más avanzadas cuestan miles de millones de dólares.

Por eso reconstruir una industria nacional de semiconductores no es algo que pueda hacerse de un día para otro.

Estados Unidos lo sabe.

De hecho, las propias medidas comerciales están diseñadas para incentivar a las empresas a invertir en instalaciones nacionales.

La Casa Blanca ha planteado incluso mecanismos para que compañías que se comprometan a construir capacidad de producción en Estados Unidos puedan obtener beneficios arancelarios.

La estrategia, en esencia, es utilizar el acceso al enorme mercado estadounidense como incentivo.

Y la pelea llegó hasta el material del que están hechos los chips

La dimensión geopolítica de los semiconductores se vuelve todavía más evidente cuando uno mira un paso más atrás en la cadena.

En agosto, Estados Unidos anunció nuevas medidas sobre el polisilicio, un material fundamental para las cadenas de semiconductores y energía solar.

La administración estadounidense estableció un programa de precios mínimos de importación y un arancel adicional del 15% sobre determinados productos derivados del polisilicio, con excepciones y mecanismos especiales para algunos socios comerciales.

¿Por qué importa algo tan poco conocido como el polisilicio?

Porque demuestra hasta qué punto la pelea se ha extendido.

Ya no se trata únicamente del chip terminado.

También importan las materias primas, las obleas, los equipos de fabricación, las plantas y todos los proveedores que hacen posible producir un semiconductor.

La batalla está ocurriendo en toda la cadena.

La inteligencia artificial cambió las reglas

Y entonces apareció la inteligencia artificial.

La IA ha disparado la demanda de chips avanzados.

Los grandes modelos necesitan enormes centros de datos y cantidades gigantescas de capacidad de procesamiento.

Empresas tecnológicas están construyendo instalaciones cada vez más grandes para entrenar y ejecutar sistemas de inteligencia artificial.

Eso significa que los chips avanzados se volvieron todavía más valiosos.

Antes eran fundamentales para la industria tecnológica.

Ahora también son fundamentales para una de las carreras tecnológicas más importantes del siglo.

Quien controle el suministro de chips avanzados tendrá una ventaja enorme en inteligencia artificial.

Y esa ventaja puede traducirse en poder económico y militar.

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Por eso Nvidia es mucho más que una empresa de tecnología

Nvidia es quizá el mejor ejemplo de cómo cambió esta industria.

La compañía comenzó siendo conocida principalmente por sus procesadores gráficos.

Hoy sus chips son una pieza central de la infraestructura mundial de inteligencia artificial.

Su crecimiento ha sido tan espectacular que sus resultados financieros son seguidos no solamente por inversionistas, sino también por gobiernos y analistas que intentan medir la velocidad con la que está creciendo la economía de la IA.

Eso explica por qué el acceso a sus chips se ha convertido en una cuestión estratégica.

No se trata únicamente de vender computadoras más rápidas.

Se trata de quién tendrá acceso a la capacidad de procesamiento necesaria para desarrollar la próxima generación de inteligencia artificial.

Europa tampoco quiere quedarse fuera

Estados Unidos y China son los protagonistas más visibles, pero Europa también está intentando reducir sus vulnerabilidades.

La Unión Europea ha impulsado políticas para aumentar la producción de semiconductores dentro del continente y atraer nuevas inversiones.

Japón y Corea del Sur también están reforzando sus industrias.

En otras palabras, el mundo está pasando de una cadena de suministro extremadamente globalizada a una mucho más fragmentada.

Los gobiernos quieren tener más control sobre los componentes que consideran estratégicos.

Y las empresas están intentando descubrir cómo producirlos sin depender demasiado de una sola región.

El problema es que “desglobalizar” la tecnología cuesta dinero

Aquí aparece una de las grandes contradicciones de esta nueva guerra.

Durante décadas, la industria tecnológica buscó eficiencia.

Fabricar cada componente donde fuera más barato y especializado permitió reducir costos y hacer que los dispositivos fueran más accesibles.

Ahora los gobiernos están dispuestos a sacrificar parte de esa eficiencia a cambio de seguridad.

Y eso tiene consecuencias.

Si un país decide fabricar más chips dentro de sus fronteras, probablemente tendrá que invertir enormes cantidades de dinero.

Si impone aranceles a los chips extranjeros, algunos productos pueden volverse más caros.

Y si las empresas tienen que mantener proveedores alternativos en diferentes regiones para evitar depender de un solo país, sus costos también pueden aumentar.

La seguridad de la cadena de suministro tiene un precio.

El consumidor está en medio de todo esto

La mayoría de las personas no piensa en geopolítica cuando compra un teléfono.

Busca una buena cámara.

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Más batería.

Una pantalla mejor.

Más almacenamiento.

Pero detrás de esas características existe una cadena internacional gigantesca.

Si esa cadena se fragmenta, el consumidor puede terminar notándolo.

Quizá mediante precios más altos.

Quizá mediante menos opciones.

O quizá simplemente porque determinados productos tardan más en llegar.

La guerra de los chips puede parecer una disputa entre Washington, Beijing, Taipei y grandes empresas tecnológicas.

Pero sus consecuencias pueden terminar llegando directamente a las tiendas.

El verdadero campo de batalla está en el futuro

Los semiconductores representan algo más profundo que una industria rentable.

Son la base de prácticamente todas las tecnologías que marcarán la próxima década.

Inteligencia artificial.

Vehículos autónomos.

Robótica.

Centros de datos.

Sistemas militares.

Telecomunicaciones.

Computación avanzada.

Por eso Estados Unidos está intentando recuperar capacidad de producción, China busca mayor autonomía tecnológica y otros países intentan evitar quedar atrapados en medio.

La pregunta ya no es solamente quién fabricará el chip más rápido.

Es quién tendrá la capacidad de fabricar los chips que todos los demás necesitan.

Y esa diferencia cambia completamente la naturaleza de la competencia.

Porque cuando una pieza de silicio puede afectar la economía, la defensa, la inteligencia artificial y las relaciones entre potencias, deja de ser simplemente un producto tecnológico.

Se convierte en poder.

Y esa es la razón por la que la próxima gran batalla de la tecnología probablemente no se librará solamente en los laboratorios de Silicon Valley.

También se librará en Washington, Beijing, Taipei, Tokio, Seúl y Bruselas.

La guerra de los semiconductores ya no es solo una carrera empresarial. Es una disputa por quién tendrá las llaves de la economía digital del futuro.

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Negocios · Tecnología · Cultura · Estilo · Drama · Lo que nadie quiere decir

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